jueves, 27 de agosto de 2009

La fuente


Alpargatas esparcidas en el piso como gusanos que se retuercen, semivivos. El recinto respira tranquilo en devoción a las materias adheridas recientemente, son los hombres de la ayahuasca. Uno de ellos, al cual llamaremos Chemo, se encuentra arrinconado en uno de sus pensamientos que lo seduce con visiones de grandes pajaros y un aliento a plomo en sus piernas, adormecidas, sudorosas, extrañas. Han pasado horas y el suculento viaje comienza a requebrajarse volviendo paulatinamente a su calida inarmonia.

Los sitios que antes conocían se vuelven ajenos, dejar la selva atrás, volver a ser los mismos. Es como si alguien pulsara la opción repetición en el reproductor y se alejara traquilamente volviendo a sonreir por encima del hombro, volviendo a tener la sarten por el mango. Es de noche y las aves que vuelan se han convertido en vampiros almizclados. Toman café en las afueras del centro comercial y aprecian como nunca antes los sonidos dispersos de la colmena que los rodea, se sumerjen, devoran imágenes de lo que antes solo era indiferencia y aletargamiento de los sentidos. Dormidos, entrelazados, los pacientes del transporte masivo se dirigen hacia algún lugar, moviendo ojos y brazos, queriendo decir otra cosa.

Caminan solitarios las calles todavía calientes del anochecer, prestando especial atención a toda criatura viva, su propia respiración se convierte en un sonido armonico simple. Sus ojos se comunican en un lenguaje rápido mas sus labios no han pronunciado palabra alguna, por lo cual es de extrañar que Chemo haga un sonido agonico en mitad de la acera, un sonido que alguien desprevenido diría es como el de una hurraca si alguien hubiera visto alguna vez ese animal por estos lados.

Un soldado se aproxima desde un rincón oscuro, luciendo botas y arma engrasadas, con cara incólume. Observa como todos parecen indiferentes ante su presencia a pesar de estar ya casi cara a cara. Chemo agarra a reir y grandes hilos rojos aparecen en los ojos del soldado en un conato de furia contenida. Y asi como empezo termina, súbitamente, para que los ojos se encuentren y sean los brazos barbaros y no los ojos los que actúen esta vez. Pocos pasos mas alla los amigos de Chemo observan la escena impasibles, como asistiendo a una función, frios espectadores con caras de elefantes.

- Quedese quieto- vocifera el soldado.
- No es mi intención moverme- contesta Chemo.
- Que es esto?
- Que parece?- dice Chemo indiferente.
- Parece una mierda- acentua el alzado
- Entonces seguramente lo es.
- Me quedare con esto- dice el soldado.
- Me temo que eso es imposible
- Por que?
- No es el adecuado para usted, no serviría de nada.
- De cualquier forma, me lo quedare.
- Como usted quiera, me puedo ir ahora?
- Si, vayase
- Mis amigos también?

El soldado mira alrededor en un gesto de extrañeza y siente como el viento ha soplado pero no ve, ni siquiera se ha dado cuenta de nada cuando la bestia lo embiste y sale disparado hacia el otro lado y ese zumbido lo sacude y lo entrelaza y ya todo es oscuridad.

2 comentarios:

Nicolas Nautfal dijo...

Deslumbrante "La fuente". Magia pura de su autor Bateman quien me evoca los visos emocionales, sensitivos y -por qué no- musicales abarcados en la acera nocturna, los gajes del oficio bohemio y sin duda el palpitar de un sueño con sabor de estar recien horneado y servido en estos caballetes para el deleite colectivo.

Leo Le Gris dijo...

dentro de toda la libertad individual que se puede tener dentro de un estado, debe existir el derecho inalienable de poder ejercer el albedrío, sin que la milicia o la policía te joda la vida

lindo estilo el de bateman!

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