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jueves, 29 de abril de 2010

Rapidol II



En cuanto a temas que nos unan, ninguno tan aglomerador como el rock, la poesia francesa y los términos musicales. Por que eso sí, somos expertos en el tema de la música desde una perspectiva discursiva, de pasarla bueno en torno a unas risas a mandíbula batiente con mi amigo Mizar, con el Profe y la lista vos sabés Leo que continua, and so on. Tenemos todo para escribir el libro de esta vida, de nuestras iluminaciones personales y comunes, todo para dar, todo para recibir: cada cosa encima o debajo de la capa del cielo existe para confluir en un libro.

Vida soñada al estilo John Casablanca, hacer bien negocio bien hecho y no paré hasta que no tuve que trabajar por un buen tiempo. Buena su banda, todo un concepto de música de masas con un tema de fondo que es "primer disco mejor disco" como Kiss e incluso los sufridos de Aerosmith, cosa parcecida con lo que sucede con el viejo Angus Young con su sempiterno cigarro y su baile de pato. Lluvia de tiple y bandola desde San Andrés y Providencia en Colombia, golpe de tambor metálico en D'Yer M'aker. Daiquirí, leyenda al fín Alfredito de la fé: el propio Tycho Brahe, Diomedes Días y sin presindir por supuesto del Rey y la Reina Lagart@os.



Noche atravesada por sonido de rio Pance, eco que parece decir "all night long" repetidas veces, preguntandole casi exclamándole a la gente ¡hey se sienten bien todos ustedes! y quien mejor para esto que el dios trueno Gene Simmons, dos horas seguidas de bajo endiablado y un tributo de Giacomo Casanova. Cuestión de organización, Lemmy lo sabe cada que se lamenta por no haber descubierto primero que todos el secreto de el levante, alegría de resultados generosos en cuestión de arrastrar el ala.

Y qué decir de las canciones que solemos repetir con tanta insistencia, digo de auténticos rituales que te afirman cada que lo renuevas: en mi caso, poner muchas veces en el stereo "Boggie With Stu" del combo Page, Plant, si definitivamente esa canción tan sureña, tan country y al mismo tiempo arrostrando el pasado de "rescate", me refiero a esa labor de Page en recolectar el folclor de orígenes célticos en américa, con razón le llamaron el zaqueador del aire musical del oeste.




Dedicado a Bateman

sábado, 7 de febrero de 2009

La continuidad de los parques

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By

Julio Cortázar



Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida.


Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada.


Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.


Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

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